
En las últimas semanas he escuchado tres historias de empresas muy distintas, pero con una raíz común. Empresas que, después de muchos años operando, se dieron cuenta de algo duro: hay personas que ya no están haciendo un buen trabajo... pero despedirlas es tan caro que la empresa no puede permitírselo o evita hacerlo.
Caso 1. Una empresa pequeña de servicios profesionales, con apenas cinco empleados. El fundador, a pocos años de jubilarse, se da cuenta de que no se han digitalizado, y que la competencia, más ágil, le está comiendo el mercado. Pero digitalizar significaría prescindir de parte del equipo... y eso le costaría entre 40.000 y 50.000€ por persona. No tiene caja. Y tampoco el ánimo de endeudarse para despedir. Así que decide prejubilarse y cerrar.
Caso 2. Una empresa de transportes. El dueño descubre que su director financiero, que lleva toda la vida en la compañía, ha gestionado mal las cuentas en los últimos años y ha puesto a la empresa al borde de la bancarrota. El despido costaría más de 100.000€, y la empresa, mal gestionada, ya no tiene ni liquidez ni posibilidad de venderse por todo el coste del pasivo laboral. Resultado: bancarrota, deudas, huida de clientes y posiblemente problemas sobre el patrimonio personal del empresario.
Caso 3. Una empresa con más de 20 años de historia. Varias personas del equipo inicial están hoy en cargos directivos, pero no se han actualizado y lastran la toma de decisiones. Los nuevos directivos quieren renovar, pero despedirles costaría más de 80.000€ por cabeza. ¿La solución? Esperar a que se jubilen para no tener que asumir ese coste.
En los tres casos hay algo en común: la falta de decisiones a tiempo. No se delegó bien, no se adaptaron al cambio, o no se hizo una evaluación real del talento necesario para crecer. Pero también hay algo más profundo: la legislación actual del despido en España hace muy difícil corregir errores pasados.
Y aquí viene la paradoja. Porque sí, las leyes tienen que proteger al trabajador débil. Hay que evitar despidos injustos. Pero también hay que preguntarse: ¿qué pasa cuando una empresa no puede despedir a quien está bloqueando su crecimiento? ¿Qué pasa cuando mantener a una persona le impide sobrevivir o mejorar?
Como emprendedor, he vivido procesos de despido. Son duros. Humanamente y financieramente. Pero también sé que hay momentos donde la decisión correcta para salvar empleos, y no destruirlos, es dejar marchar a quien no aporta tanto valor ya.
El sistema actual apenas distingue entre despedir porque la empresa quiere optimizar costes y despedir porque la persona no está haciendo bien su trabajo. Y eso genera miedo, bloqueo y, muchas veces, la caída de empresas que podrían haberse salvado.
No tengo la solución, y no soy un experto en derecho laboral. Pero sí tengo claro que necesitamos poder hablar y regular estos temas con más matices, menos ideología y más sentido común. Porque a veces, lo que destruye empleo no es despedir, sino no poder hacerlo.
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