
Este sábado pasado fuimos a buscar nuevos libros para mi hija de 3 años. Leemos juntos prácticamente todos los días. Es una rutina que construimos desde que era muy pequeña y que, sin darnos cuenta, se ha convertido en uno de los momentos más bonitos del día. Ella ya pide sus cuentos y se emociona con las historias.
Pero cada vez que intento descubrir nuevos libros para ella, me choco con la misma barrera: la sección infantil de las librerías está completamente abandonada. El otro día en la FNAC había centenares de títulos apilados bajo etiquetas demasiado amplias: “0 a 3 años”, “3 a 6”. Como si fuera lo mismo un bebé de 10 meses que una niña de 3 que ya verbaliza, razona e imagina.
En las tiendas online, el problema es tristemente parecido: filtros pobres, sin criterios pedagógicos, sin guías reales para acompañar al adulto. La parte de descubrir es algo que, en general, los e-commerce hacen bastante mal. Están tan obsesionados con el posicionamiento SEO de productos individuales que se olvidan, en su mayoría, de acompañar a aquellos que no saben exactamente qué están buscando, pero sí saben para qué lo necesitan.
Esta es una de las áreas donde la inteligencia artificial puede marcar una diferencia real. Ya estamos viendo cómo puede mejorar la forma en que se describen y categorizan los productos, cómo puede generar imágenes, personalizar recomendaciones o incluso entender el contexto de una búsqueda. ¿Y si en vez de mostrar un listado interminable, un e-commerce te hiciera preguntas para guiarte? ¿Y si pudiera entender que buscas un libro para acompañar la llegada de un hermano, o para introducir la idea del colegio, o para que tu hija empiece a leer sola?
La tecnología acaba de llegar. Pero para que esto suceda, hace falta algo más que herramientas. Hace falta intención. Hace falta que los equipos de producto y experiencia piensen en las personas. Que diseñen no solo para vender, sino para ayudar a elegir bien. Porque si seguimos dejando la experiencia de descubrimiento en manos exclusivas del SEO o del algoritmo de negocio, estamos perdiendo una oportunidad enorme.
Volviendo a los libros infantiles: las tiendas tienen una responsabilidad social real (no solo la corporativa de cartón piedra). Pueden no solo vender libros, sino ayudar a los padres a fomentar hábitos. A formar criterio. A ofrecer guía. A entender que no están vendiendo “productos”, sino sembrando futuro. Y sí, hacerlo bien también genera negocio. Porque cuando ayudamos a que más niños se enamoren de la lectura desde bien pequeños, no solo ganamos clientes más fieles. Gana la sociedad: ganamos lectores, pensamiento crítico, empatía, futuro.
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