
Entrada a Madrid, 8 de la mañana. Cuarenta minutos después, todo seguía igual: una marea de coches, todos parados, todos con prisa. Y de esos cien coches que veis en la foto, noventa iban con una sola persona dentro. Es una imagen que se repite cada día.
Sigo pensando que las administraciones públicas no están haciendo lo suficiente por ofrecer alternativas reales al coche. Porque esto no va solo de prohibir o restringir. Va de dar mejores opciones. Más cómodas, más rápidas, más lógicas.
Yo tengo suerte. A esa hora, un bus me deja en Moncloa en 15-20 minutos. Sin estrés, sin atascos. Es una alternativa clara, buena, competitiva. Pero no todo el mundo la tiene.
Me pregunto por qué no se están usando los datos que ya existen —los desplazamientos, los flujos, los horarios, las concentraciones de personas— para diseñar un transporte público más inteligente.
¿Por qué no hay más autobuses directos solo en horas punta?
¿Por qué no se conectan zonas residenciales y empresariales con líneas específicas, aunque solo funcionen un par de horas al día?
¿Por qué no se abren licencias a nuevas empresas que quieran cubrir esas rutas que hoy el sistema no alcanza?
¿Por qué no se habilitan más carriles solo para buses, para que estos sí puedan ganar tiempo?
Porque lo que hace que alguien deje el coche no es solo conciencia. Es conveniencia.
Lo malo del transporte público es cuando te obliga a perder demasiado tiempo, cuando no tienes una buena combinación, cuando la frecuencia no acompaña. Lo bueno, cuando está bien diseñado, es que te permite desconectar, leer, incluso trabajar. Y gastar mucho menos. Yo vuelvo a estar encantado, con mi combinación actual.
Mover a tanta gente no es fácil, pero lo que está claro es que no estamos siendo ambiciosos. Las consejerías deberían aspirar a que, de cada 100 coches actuales en hora punta, al menos 50 vean en el transporte público una opción mejor. Ese debería ser el objetivo.
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