Mi mujer recibió la semana pasada un coche de renting recién matriculado del trabajo. En seguida notó un pitido que no sabía de dónde venía. Resulta que desde julio de 2024, todos los coches nuevos en Europa están obligados a llevar un sistema que te avisa si superas el límite de velocidad. La intención es buena —mejorar la seguridad vial—, pero la implementación genera problemas que no se han pensado bien.

Porque no es lo mismo ir a 80 en una calle limitada a 50 que ir a 24 en una de 20. Y el sistema pita igual. Sin distinguir la gravedad. Muchas de esas limitaciones se definieron hace años, cuando solo eran un número en una señal. Ahora están conectadas al software del coche. Lo que antes era una recomendación pasiva hoy es una fuente constante de alarmas. Hay calles legalmente de 20 en las que ir a menos de 25 supone frenar en seco. O carreteras marcadas a 50 que por diseño podrían ser de 70. Esas decisiones, antes casi invisibles, ahora molestan.

Y cuando algo molesta de forma continua, la gente deja de hacerle caso. Pero no solo eso: también genera nervios. Si el coche empieza a sonar por todos lados, ya no sabes cuál es el problema. ¿Es por la velocidad? ¿Un sensor? ¿El cinturón? El conductor se desconcentra. Deja de entender. Y eso va justo en contra del objetivo original: la seguridad.

Coincido plenamente en que estos sistemas deben ayudarnos a mejorar la seguridad, tanto nuestra como la de los demás. Cualquier ayuda para evitar accidentes tiene valor. Pero desde el diseño de la experiencia, queda mucho trabajo. Si el coche pita al pasar de 20 a 21 con la misma intensidad que si vas a 50, no educas: agotas. Y si agotas, la gente deja de escuchar. En cambio, si el aviso es progresivo, con tolerancia y escala real, es otra cosa.

Ese es el problema de diseñar interacciones reales desde los despachos. Ya sea en un despacho del Parlamento Europeo o en la sede de un fabricante. Estoy convencido de que si quienes aprobaron esta normativa hubieran conducido por Bruselas una semana, o si los diseñadores y abogados que definieron los avisos la hubieran probado, no habrían aprobado lo que aprobaron. Porque todo esto solo se entiende cuando se vive al volante.

Y sí, la responsabilidad es compartida."- La Unión Europea tiene muchas virtudes, pero suelen patinar con este tipo de normas que fuerzan patrones de uso (e.g. cookies). El parlamento debe revisarlas, y rápido."- Los ayuntamientos y las entidades nacionales que fijan los límites de velocidad también deben revisar su callejero, teniendo en cuenta que ahora ya no son solo señales: son activadores de alertas visuales y sonoras dentro del coche."- Y los fabricantes, por su parte, deben cumplir la ley, sí, pero hacerlo de forma ergonómica y pensada para el día a día. Porque si no, quienes acabarán pagando el precio serán sus coches, en forma de malas reseñas, frustración y rechazo.

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