
Si en dos minutos no ha entrado alguien clave en la reunión, cancelamos la reunión y que la persona que la convoca la cree de nuevo. ¿Qué os parece? ¿Lo hacéis así en vuestras empresas?
Un conocido que trabajó años en EE. UU. y ahora vive en España me contaba que lo primero que le chocó fue la tolerancia ibérica a llegar cinco, diez, quince minutos tarde como si nada. En su anterior compañía, al tercer minuto de retraso la sala se vaciaba: no había drama, simplemente se respetaba el tiempo de todos.
Yo confieso que soy del bando “anglosajón”: en el 99 % de los casos llego puntual o aviso con antelación si algo crítico se interpone en mi camino. Mi regla es sencilla: trazo una línea y no la cruzo. Si pasan cinco minutos y la persona clave no aparece, cierro la sesión y sigo con otros temas. ¿Por qué? Porque a la productividad la matan, sobre todo, los minutos perdidos en silencio incómodo.
El problema es que muchas veces quien llega tarde es el manager, y ¿quién se atreve a plantarse? Pero si una empresa proclama obsesivamente que hay que mejorar la productividad, tendrá que empezar por donde más se dilapida: las reuniones. Menos reuniones, más cortas, mejor preparadas y, sobre todo, puntuales. Eso implica dar feedback claro y pactar un documento de buenas prácticas que nadie pueda ignorar cuando el director decida aparecer al “cuarto de hora español”.
Te dejo un ejercicio: cada viernes revisa tu calendario y pregúntate qué reuniones sobran, cuáles deberían haber durado la mitad, cuáles se resolvían con un correo y cuáles se habrían salvado con material previo. Luego actúa: declina, recorta, redacta y exige agenda. No dejes que te roben el tiempo. Verás cómo la próxima semana el reloj deja de comerse tus objetivos.
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