Me gusta mucho este gráfico. De un vistazo, representa muy bien lo que los estudiantes pueden esperar profesionalmente de la carrera que eligen. Nos recuerda que lo que estudias condiciona en parte a qué te vas a dedicar.

Y, aunque suene contracorriente con algunos discursos, creo que como sociedad deberíamos aspirar a que la mayoría de personas puedan empezar a trabajar profesionalmente de lo que estudió. Porque, en teoría, eso es lo que le apasiona. Obviamente, con 17 años no siempre tienes claro lo que te gusta —y es clave encontrar tu vocación aunque sea años más tarde—, pero no puede ser que el sistema te venda una carrera con un <30% de empleabilidad y no haya cambios.

Lo que más me ha impactado de este gráfico es el peor caso. Turismo, especialmente en Jaén, apenas consigue que sus graduados trabajen en lo que han estudiado. Solo un 3%. ¿Y nadie hace nada? ¿Seguimos ofertando esa carrera igual que siempre, como si nada pasara?

En medio del debate sobre la financiación de las universidades públicas, yo lanzo esta reflexión incómoda para las universidades: ¿por qué no cambian el enfoque y reducen un 30-80% las plazas de aquellas carreras donde menos del 50% de los graduados trabaja en el sector, y aumentamos en las que sí lo hacen? Medicina, enfermería, ingenierías, dobles grados más versátiles... hay lista de espera y falta de plazas. Pero seguimos formando profesionales con dinero público para sectores que no los absorben.

Sé que esto suena duro. Pero lo que no podemos hacer es seguir inflando estructuras universitarias que no quieren tomar decisiones difíciles. Más dinero sin reformas es gasolina para seguir haciendo lo mismo. Sucedió hace quince años y volvería a suceder ahora. La universidad pública necesita una gran cirugía: menos grasa, más músculo. Luego, y solo luego, toca invertir más.

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