
El otro día leía un artículo sobre fracaso escolar que me dejó pensando: una de las medidas más efectivas para mejorar el rendimiento de los alumnos es detectar qué conocimientos fundamentales de años anteriores no tienen bien asentados... y volver a enseñarlos. Tan simple y tan potente.
Pero claro, esto requiere tiempo, y algunos profesores dicen que no pueden retroceder. Lo entiendo, el sistema no siempre ayuda. Pero no se trata de “culpas”. Se trata de asumir que cuando una base falla, alguien —sea el profesor actual, los padres, o incluso el propio alumno— debe intervenir. No es opcional si queremos que el aprendizaje sea real y duradero.
Un conocido mío estuvo dando prácticas de matemáticas en la ESO. Quiso dedicar parte del tiempo a reforzar bases que claramente estaban flojas, pero el profesor se lo prohibió. Según él, “no era su responsabilidad” corregir los fallos que venían de primaria. Triste. Porque lo que se estaba jugando no era un orgullo profesional, sino el futuro de esos chicos.
Y esto no es solo un problema del sistema escolar. A todos nos ha pasado. A veces no entendemos algo y, en vez de parar y revisar lo que no sabemos, apretamos los dientes y seguimos adelante. Más esfuerzo, más frustración... y peores resultados. A mí me pasó en la carrera. Estudié Teleco, y una de las áreas donde más sufrí fue con los campos magnéticos. Durante mucho tiempo eché la culpa a los profesores... hasta que entendí que mi verdadera carencia venía de mucho antes: no tuve buena base en física en el colegio. No por falta de ganas, sino por malas condiciones y profesores poco implicados.
En contraste, este fin de semana hablaba con un estudiante que se ha presentado a la PAU este año. Me enseñó el ejercicio "carnicería" de este año del examen de matemáticas y lo resolví mentalmente en dos minutos. ¿Magia? No. Tuve la suerte de tener un profesor excelente en el colegio y un padre que me enseñó bien desde pequeño. Las bases marcan la diferencia. Hacen que lo difícil se vuelva intuitivo, que lo complejo sea alcanzable.
Todo esto me deja una convicción clara: cuando algo no funciona, cuando cuesta demasiado avanzar, no sigas empujando a ciegas. Da uno o dos pasos atrás. Mira qué base te falta. Refuérzala. Porque sin buenos cimientos, cualquier estructura —ya sea un conocimiento, un proyecto o incluso una carrera entera— está destinada a tambalearse. Y cuanto antes lo entendamos, menos dolor, tiempo y esfuerzo desperdiciamos.
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