Después de más de 12 años, he vuelto a programar casi a diario. Lo estoy disfrutando muchísimo. Casi tanto —o incluso más— que cuando aprendí por mi cuenta en la adolescencia. Sentir de nuevo la curiosidad, la satisfacción de resolver un problema, de construir algo con tus propias manos, es simplemente adictivo.

La revolución de la Inteligencia Artificial está transformando por completo nuestro sector. Hace un año decidí que no quería vivir esta transformación desde la barrera. No podía limitarme a leer sobre ello o ver cómo mis compañeros de ingeniería la aplicaban. Estoy convencido de que, para sacar lo mejor de un equipo, hay que comprender profundamente su trabajo, sus herramientas y sus retos. Si quiero ayudar a construir el equipo de ingeniería más potente que podamos tener, necesito entender en primera persona lo que la IA está cambiando.

Así que empecé con tareas sencillas: bugs, pequeñas features, mejoras incrementales. Poco a poco, me fui soltando. Y estoy viendo que, muchas veces, el tiempo que me lleva entender un problema y escribir una user story es el mismo que el de hacerlo yo directamente. Cambiarlo en el código, adaptar los tests y subir la pull request.

Esto me está haciendo reflexionar también sobre cómo trabajamos: quizás ya no tiene sentido separar tanto los tiempos entre pensar, diseñar e implementar. Podemos pensar antes una mejor solución, cualquier persona puede ser full-stack para arrancar la implementación y luego terminarla juntos con el feedback del resto. Lo que antes tardábamos varios sprints ahora puede resolverse en días. O en horas.

Todo esto me lleva a repensar muchas cosas. Sobre cómo trabajamos, cómo organizamos los sprints, cómo tomamos decisiones, qué alcance decidimos cuando podemos ser más ambiciosos, si y qué perfil de PM es ideal, cómo repartimos el trabajo, la versatilidad de los ingenieros. Pero dejaré eso para otro día. Porque hoy lo que quiero decir, simplemente, es que estoy emocionado. Que quiero estar en la proa de los primeros barcos de esta revolución. No quiero mirar desde la orilla y darme cuenta dentro de unos años de que me quedé atrás.

Es un momento apasionante. Y si no te lo parece, te animo a reflexionar. Porque esta vez sí: esta revolución va a cambiar todo. Qué productos construimos, cómo los construimos, y quién puede construirlos. Yo, desde luego, no pienso perdérmelo.

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