El otro día entré en un parking y no pude evitar reírme al ver la máquina expendedora del ticket. Era tan poco usable que los operarios habían tenido que pegar hasta tres flechas improvisadas con la palabra TICKET para que la gente entendiera dónde debía presionar. Tuve que hacer una foto porque es un ejemplo perfecto de lo que NO debe pasar en diseño de interfaces. Un único botón sin texto ni instrucciones claras... está clarísimo que quien diseñó eso no tenía muy presentes los conceptos básicos de usabilidad.

Pero más allá de la anécdota, lo que me ha hecho reflexionar con los días es cómo muchas empresas subestiman el coste de iteración de sus herramientas de software. Se concibe como “mantenimiento”, cuando en realidad es una parte fundamental del desarrollo. No basta con sacar algo a producción y arreglar lo más urgente: hay que validar, observar, iterar y ajustar constantemente. Cuando no se hace, como en este parking, el resultado son malas experiencias para el usuario, reseñas negativas, más lentitud en el servicio, colas innecesarias... en definitiva, pérdidas que superan con creces el coste de haber hecho las cosas bien desde el inicio, y de haberlo iterado en base a lo aprendizajes.

La mayoría de los que me leéis trabajáis en empresas tecnológicas con equipos internos de desarrollo, y sabéis bien lo que significa lidiar con estas situaciones. Y quienes estáis en consultoras, seguramente lo habéis vivido aún más de cerca: se entrega un desarrollo con la mejor intención, pero falta proximidad al usuario final y, sobre todo, falta inversión en iteración real.

Por eso, a quienes trabajáis en empresas que externalizan su desarrollo: planteadlo seriamente. La calidad de la experiencia de usuario no se consigue con un solo contrato inicial, sino con la voluntad y el presupuesto de seguir mejorando con el feedback de tus clientes. Porque al final, o inviertes en iterar, o acabarás invirtiendo —mucho más caro— en resolver problemas que podrías evitar.

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