
No sé si os habéis dado cuenta, pero las aplicaciones, igual que las personas, también pueden tener personalidad. Esta semana pasada lo noté claramente alternando entre Google Maps y Waze en mis vacaciones. Hubo un momento muy concreto en el que se reflejaron sus diferencias: en un desvío, Google Maps mandaba a la izquierda y Waze a la derecha. La mayoría de coches siguieron al formalito de Google, y yo, el único que debía confiar en Waze, acabé girando a la derecha.
Lo curioso fue que Waze tenía razón: la calle era perfectamente válida, aunque más pícara, de pueblo, de esas que seguramente las autoridades prefieren que no uses. Ahí se ve claro: Google Maps es más correcto, respetuoso con la norma y la señal. Waze, en cambio, es el listillo de la clase: “eh, si este camino funciona y es más rápido, ¿por qué no probarlo?”.
Y es que aquí está lo interesante: incluso un algoritmo, que se supone “frío” y “neutral”, transmite una marca. Google Maps transmite seguridad, cumplimiento, previsibilidad. Waze transmite complicidad, comunidad y un puntito rebelde. Cada decisión en el diseño —los iconos, la forma de mostrarte la información, e incluso qué rutas se consideran válidas o no— está diciendo algo de la personalidad del producto.
Porque al diseñar productos no solo decidimos funcionalidades y su usabilidad. Decidimos qué mensaje y qué actitud queremos transmitir a quienes lo usan. Si queremos ser serios o desenfadados, más formales o atrevidos. Y esa actitud es la que termina creando la conexión con cada tipo de usuario. Por eso hay múltiples aplicaciones que hacen lo mismo, pero conectan de distinta manera con cada persona.
Debemos tener todos claro que la marca no es solo un logo o un estilo visual. La marca se construye en cada interacción, en cada detalle, en cada algoritmo que toma decisiones por el usuario. Y ahí la clave: ser consistentes. Porque al final, cuando alguien piensa en tu producto, recordará menos lo que hacía... y más la sensación de con quién estaba viajando en el asiento del "copiloto".
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